domingo, 12 de diciembre de 2010

domingo, 14 de noviembre de 2010

(Juan Gris)

en la casa 
las ventanas nunca cierran del todo
y los muebles se cubren del tedio de los domingos
del sabor áspero de las horas inmóviles
de la fe marchita de todos estos días
harán falta tiempos largos
para que el polvo vuelva a camuflarse
en los ángulos descuidados de la mirada
y de los tajos de la intemperie nos llegue una canción
en el idioma amontonado de las intenciones ajenas  

lunes, 18 de octubre de 2010

miércoles, 13 de octubre de 2010







mejor


no preguntes


será                                que vengo


muerto
de consenso

jueves, 23 de septiembre de 2010

gran amigo... gran poeta...



El humo siempre se camina hacia atrás. Desde la voluta casi inexistente hasta el retazo de la cosa que fue.


El Humo de Gustavo Sánchez (San Juan, 1984) merece la misma actitud. Su sustancia lo propone, lo miremos por donde lo miremos.


Antes que nada, Humo es el intento de recrear un pasado como sólo la poesía sabe hacerlo. Por el libro rondan artefactos de la adolescencia, escenas de desamor, imágenes borrosas de la calle y el barrio: una obsesión nostálgica por las cosas del mundo, siempre lejos, siempre antes:


«...Las cosas ya no valían lo que nos costaron
cuando vendí a un desconocido,
mi adolescencia...»


No hay que desviarse demasiado de la vida para encontrar vínculos con los poemas del libro. Gustavo no pretende con la poesía encontrar geografías extraordinarias en las cosas de todos los días, sino manifestar con la mayor fuerza posible que las cosas de todos los días son una geografía extraordinaria, opacada a fuerza de cansancio, comodidad y rutina. Pero aunque el camino entre la poesía y el mundo sea breve, es intenso, y nos obliga a ser nosotros operadores conscientes de esa máquina de ver la realidad, esa manera de ver hacia atrás, desde la cosa inerte y obsoleta a nuestra propia individualidad que les sopla existencia.


Leer Humo es arriesgarse a observar:


«...Se puede escuchar
el humo de tu cigarrillo
Calentando el aire...»


«...conozco artesanos.
Gente que despierta cada mañana
con una persona diferente a su lado
yéndose a dormir cada noche
con la misma.»


Cada texto desanda un pedazo de tiempo. Intenta explicarlo, y se contenta con no lograrlo. La materia del poema también de desarrolla hacia atrás, a contrapelo del buen lector que lee de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo. La contundencia de las frases que cierran (¿cierran?) cada texto genera la sospecha de que ahí está la semilla de lo que fue antes. El poema no va desenvolviéndose hacia el final, sino que abre los ojos cuando ya está ahí, y después intenta explicar(se) cómo fue que llegó hasta donde está.


Humo es una crónica del ser humano atravesando el mundo. Es el desmontaje de algo que nos es tan obvio: el mundo que nos construimos para vivir. Por suerte, la verdadera poesía no necesita mucho más que eso para salir a la luz. Por suerte, leer una crónica (las aguafuertes de Arlt, las mitologías de Barthes), conlleva la tentación de, desde ese momento, ejercer el rol de cronistas.


Algunos poemas de Gustavo


ÉPOCA

Nada ha cambiado
desde que comencé a escribir
y dejé de vivir aferrado a un manubrio, de pie,
sobre un par de pedales:
transpiro
en el esfuerzo analfabeto junto a otros,
buscando las razones del dolor
y cómo recuperarnos.

Las cosas ya no valían lo que nos costaron
cuando vendí a un desconocido,
mi adolescencia.

Parado en la puerta de casa,
lo vi alejarse en mi bicicleta de carreras:
carbono, aluminio, titanio,
una auténtica pieza de ortopedia alejándose,
dejando atrás
lo que suele quedar de toda despedida:
un miembro fantasma.




OBRAS SANITARIAS

Me desvelo.

¿tendremos otra opción?

¿podremos negarnos
a subir escaleras de espalda?
¿ podremos seguir
bajándolas de frente?

Desnudo, camino el pasillo
abro la canilla y sumerjo la cabeza:
por las noches, al igual que el agua,
las dudas son más claras
y tienen más presión.



PREGUNTÁNDOSE

Un gran vaso de jugo de limón
aplaca la acidez;

miles de marineros
siguieron fosforescentes cadáveres
para salvarse de la muerte;

y sentados a una mesa
al costado de la Avenida
-clavándoles los codos
en las costillas-
el silencio de la ciencia
se instala entre la pareja
preguntándose
por qué muere de sed lo nuestro
si más de la mitad de lo que somos
es agua.



MI HERMANO ES UN POETA

Es tarde y hace frío en el taller.
Sólo mi hermano y yo.
Mientras él forja cosas brillantes,
filosas, incisivas,
cebo mates que tomo solo: una voz ajena
al ronroneo de la maquinaria pesada
puede ser la muerte.
Mi hermano trabaja a salvo
del doble silencio del obrero:
cuando deja de retumbar
el martillo sobre el yunque,
deja de retumbar
el martillo sobre el yunque.

Logra, y por eso
guardo la entrada a este espectáculo,
lo que el resto sólo podemos intentar
hacer en el silencio:
domesticar a golpes,
materia al rojo vivo.

lunes, 30 de agosto de 2010

Audiotextos para llevar

Visitantes: 
DesconfianzaCrónica tiene a disposición de todos ustedes una modesta colección de AUDIOTEXTOS, es decir, archivos de audio de escritores leyendo sus propias producciones. 
Para descargar, simplemente busquen el montón de imágenes a la derecha de su pantalla y hagan click en la foto del autor que elijan, y eso los llevara a un sitio de descarga (MediaFire).
Particularmente, me resultan muy interesante escuchar la voz (la voz física, se entiende) de autores a los que generalmente conocemos a través del papel. La invasión que su tono, su cadencia, su manera, hacen en mi cabeza a la hora de enfrentarme con el texto escrito/mudo me resulta un juego sumamente agradable: leer siempre es leerse a uno mismo, como una voz que nos relata al interior del oído aquello que al mismo tiempo vemos. Ahora son ellos los que me susurran, torpemente, cada palabra que nos han escrito.

A continuación, pongo las mismas fotos que aparecen permanentemente a la derecha de la pantalla del blog. Agrego el nombre de cada escritor, para que no haya confusiones, y nada más, para que el que conoce, conozca, y para que el que no conoce, se anime a descubrir.

JULIO CORTÁZAR

EDUARDO GALEANO

OLIVERIO GIRONDO

JAIME SABINES

OCTAVIO PAZ

ÁNGEL GONZÁLEZ

JUAN GELMAN

PABLO NERUDA

LEOPOLDO MARECHAL

ANTOLOGÍA DE POETAS LATINOAMERICANOS MUERTOS EN LA REVOLUCIÓN(LOS LECTORES SON OTROS POETAS LATINOAMERICANOS)
LETRA: J.L. BORGES - MÚSICA: PEDRO AZNAR


EXACTAMENTE LO QUE  DICE

miércoles, 25 de agosto de 2010

musica para el trance VII


(seis) - tumbalata (a mi viejo, Juan José López)





UN TEMA QUE HACE TIEMPO TENGO DANDO VUELTAS...
UNO NUNCA SABE CUANDO VENDRÁ LA MÚSICA
PARA ESCUCHARLO TRANQUILOS, APAGUEN EL REPRODUCTOR DE LA COLUMNA DERECHA
QUE LO DISFRUTEN!!!

miércoles, 18 de agosto de 2010

hay tantos abrazos que me quedaron lejos...



un hombre camina los días
rozando abismos que no conocerá nunca

una mirada limpia se trepa al olvido 
y el vidrio molido no lastima la intemperie de sus sueños

yo sigo esperando
acá adentro los espacios no envejecen
y está tan ahí tu presencia traslúcida
que casi es la misma esta luz de agosto

cada recuerdo es un ladrillo que late
la memoria es un barrio levantado a puro torcer el tiempo

sábado, 24 de julio de 2010

no soy un extraño... ?

(Xul Solar, "Ciudá y abismos", 1946)


llevamos en la respiración un cansancio automático
y con cada golpe de sangre se define minuciosamente
el filo inevitable de todos los zócalos

pero no te regocijes
todavía construimos una ciudad que no nos conoce

domingo, 4 de julio de 2010

crónica desde el insomnio



hoy
madrugada corriente de improductividad en flor
los versos se me pegan se me pasan de punto y de largo
se apelmazan en el fondo de esta 
olla agazapada en el violoncello germinal de la vigilia


un taxi desocupado una radio un bebé 
que no se duerme o una rata entre los libros bastarían 
otras veces para pasar el rato pero hoy 
anda corta de manzanas la culebra de mi pantalla
y el árbol de todos los dones no es más que un poste de luz
en la vereda como un guapo en falsa escuadra


un señor ministro firma con una media sonrisa
la garantía solemne de un velorio a todo trapo para sus nietos 
y el diablo se muere de envidia
(capitales extranjeros le quitaron la delantera)


un sereno toma mates y la radio le dice baila baila 
toda la noche goza goza esta es mi cumbia porque en un 
ratito nada más puede estar pasando por su puerta 
no el cadáver de su enemigo sino otro taxi desocupado
cuando el bebé que no se duerme pida como sabe una 
teta que lo salve y por lo pronto las ratas duerman 
hoy empachadas de Victoria Ocampo o tal vez 
hoy en el taxi viaje un señor ministro que busca donde
comprar a buen precio ratas que le coman las orejas
que le coman los gritos del bebé que pide teta como sabe
hoy y no pedirá pan porque desde ya no le dan y mejor
que no le den mejor dejar que pida hueso y que
la madrugada le corte el pescuezo que la madrugada
de hoy supure engendros de rata y taxi vacío de bebé que llora
y señor ministro y al revés y al revés

que la madrugada sea un espasmo largo de alucinaciones
mientras me pongo los auriculares
a ver si me concentro un poco

viernes, 11 de junio de 2010

después de tanta ausencia...




salgo al otoño 
como galope cansado sobre una veta del cielo


en el espesor de estas horas no habita 
la habitual monocromía de las postales
pero la piel de la tarde tiene fisuras 
y el sol se desangra sobre un silencio fingido
poblándome la retina de pulsiones legítimas
venas hinchadas de espanto y urgencia 
que florecen en un paisaje siempre distante 


sólo pájaros despojados de volumen
en la magra simulación de la mirada 

jueves, 13 de mayo de 2010

La Revolución Cotidiana


(colaboración para los amigos de El Desaguadero)




Me permito empezar estas palabras con un acto simultáneo de soberbia y honestidad: un dato autobiográfico.
En 2008 escribí (convendría decir “se escribió”) un poema-libro llamado loqueporandarentrejuarrozygirondo.
Venía de terminar la otra cara de la almohada y experimenté algo que tal vez muchos hayan sentido: vacío. Ya no tenía nada más para decir. El libro estaba cerrado, y de este lado no quedaban demasiadas palabras (tampoco quedaban residuos, no soy un escritor muy prolífico, y todo lo que había escrito hasta ese momento iba al libro).
Entonces tuve la necesidad de escribir sobre no escribir. Sobre el momento en el que un escritor se define a través de su carencia: He-Man fue siempre mejor sin su espada, un arma todopoderosa esgrimida por un estúpido sólo conduce a estupideces. Y atravesado como estaba por las dos enormes figuras de Juarroz y Girondo, por su poesía, por sus reflexiones sobre la poesía (que en algún punto, son siempre lo mismo), la idea de la imposibilidad de escribir (falaz en sí misma) evolucionó hacia el espacio de la no-escritura, la antiescritura, la poesía tal y como la entiendo por estos días.

¿Cómo puede escribirse sin escribir, o mejor dicho, como se puede aniquilar algo por medio de sí mismo? Ensayo una respuesta, a riesgo de crear una ensalada irreconocible de Barthes, Juarroz, Foucault y Girondo.
Toda escritura, todo lenguaje, se encuentra al servicio de un poder. Todo lenguaje se define más por lo que prohíbe que por lo que permite. El lenguaje, vehículo por antonomasia, emana un halo de restricciones ideológicas que apuntan al sujeto oyente con la atracción de “lo natural”, “lo dado”, “lo que va de suyo”, “el sentido común”.
Para el ser humano, no existe lo exterior al lenguaje, estamos fatalmente atados a su mecanismo. Sin embargo, el lenguaje puede ser vulnerado, puesto en jaque, llevado a su propio margen, desde dentro de sí mismo. El lenguaje puede alcanzar un estado de continua renovación crítica, saltando constantemente ante el menor indicio de petrificación: la escritura (la materialización del lenguaje, entendida como una práctica social sujetante) encuentra su antinomia en la literatura, y más específicamente en la poesía.
La poesía, antes que una escritura, es un HECHO DE LENGUAJE.
La diferencia radica, creo, en que la escritura es un acto de recopilación (con cierto grado de conciencia) de retazos ideológicos siempre ajenos que han sido representados en el lenguaje. Ejemplo evidente: un adolescente habla del firmamento, apenas entendiendo qué es, pero poderosamente sujetado por la idea (ajena) de que las palabras poseen un “índice de poeticidad” que les es natural. Y ni hablar de palabras tan rebalsadas de significaciones superpuestas como “gorila”, “metafísica” o “belleza”.
La poesía en cambio, es un proceso contrario. No es un acto de liberación stricto sensu, en tanto no nos liberamos del lenguaje, pero sí involucra liberarnos de una mirada, de una significación histórica y aparentemente inmutable de las palabras, que se nos viene susurrando desde generaciones.
Me animaría a decir que la poesía no es creación (tenemos negada la condición adánica), sino resurrección, invención por medio del despojo, un hermoso estado de pánico ante el pesado compromiso de nombrarlo todo nuevamente, pero sin disponer de una manera o materia distinta. Atrapado entre el sacro imperio del significado y la novedosa dictadura del significante, el escritor propone el carnaval, la subversión de todo lo establecido: el poema es un universo en el que cada elemento se define por sí mismo en virtud de ese instante en el que existe.
Confieso que después de la palabra “universo” venía un adjetivo, aunque finalmente no pude decidirme por ninguno.
¿Universo cerrado? La poesía es permeable por propia elección: se deja andar, no se molesta con interpretaciones despegadas de la germinal, porque la libertad es-en-ella, y la subversión abarca la interpretación (concuerdo con Eco que la interpretación es una parte del proceso generativo de la poesía, en tanto enunciado). El carnaval de los lenguajes rompe con el camino unívoco que el lector debe desandar hacia el sentido único, como una especie de Hansel/Gretel siguiendo las migas del banquete del autor omnipotente.
¿Universo estable? Sin duda que no: la inestabilidad de la poesía da cuenta de su carácter continuamente experimental, marginal, outsider. Lo poético pende de un hilo extraño y polimorfo, inasible e indestructible, esquivo pero no utópico. En constante mutación, abdicando de sí misma ahí donde algún poder la ha enrolado a su discurso, la poesía “desequilibra”, en el sentido más futbolero de la palabra, aun cuando mi nulo interés por los deportes no me permita comprenderlo del todo.
¿Universo sólido? La solidez es algo que reclamo más que la belleza: un poema no merece la salvación por uno sólo de sus versos. Un libro de poesía no debería ser un conjunto caprichoso de poemas. Creo en que el poema es un cuerpo vivo, un organismo que no puede subsistir si no es entero, en su plenitud. Y esto no pasa por la belleza, sino por la solidez: un poema que pierde su peor verso y pierde su sentido, es un poema bien logrado (un poema como una casa de naipes, diría un poeta amigo). Es más, creo que no hay versos buenos y malos en un poema, sino momentos de mayor o menor crisis y goce, pero ese vaivén no es otra cosa que obviedad. Y si muchos autoproclamados escritores pudieran entender que no toda frase debe ser escrita para ir al bronce o a la portada del diario, la poesía gozaría de una existencia un poco más saludable.

Y en este momento empieza a tallar el concepto de escritura programática.

Estoy casi seguro de que todos los escritores escriben por alguna necesidad: necesidad de expresar sus sentimientos, o de resultar intelectualmente interesantes, de salvarse de la locura, o simplemente necesidad de arrogarse una chapa que les provoca un placer escondido, morboso y húmedo. Y en la medida en la que esa necesidad es atendida, evoluciona y se manifiesta, nos vamos incorporando a ciertos “tipos” de escritor: el escritor compulsivo, libreta en mano/mundo adelante, el que cuenta sus poemas y se alegra estrictamente de que el número crezca, el que publica compulsivamente, el tímido que no lee, el snob que confunde incomunicación con hermetismo, el ingenioso, el imitador, el tipo laburante, el que ama su oficio de palabrero.
Obviamente, las pretensiones y las ideologías que sustentan a cada uno de estos dizques arquetipos se encuentran a universos de distancia. Sin embargo, creo que el concepto del “programa de escritura” nos une a todos, aunque a simple vista parezca una hermosa estupidez.
Un programa (en el sentido de lo estipulado, lo por venir) es algo así como aquello que regula, encauza, el desarrollo poético durante cierto tiempo. Resulta, sin dudas, un concepto demasiado ambiguo, que tal vez puede definirse mejor por ahora por lo que NO es: no es una pulsión (ya sea escribir como forma de lucha social, o por el mero objetivo de acumular textos); no es una intención (conmover, deleitar, shockear, “elevar el espíritu”); puede no ser una decisión en tanto alguien puede desarrollar un programa sin proponérselo, tal como me pasó a mí con lo que posteriormente se convirtió en mi primer libro. La sensación de vacío que comentaba anteriormente no era respecto de la escritura en general, sino del programa de escritura específico del libro: yo no tenía nada más para decir, respecto de ese tema y en los términos estéticos en los que lo había hecho.
Un programa de escritura vendría a ser entonces una serie más o menos consciente de premisas que permite encauzar el quehacer poético hacia un producto sólido, estable. Premisas que pueden abarcar lo temático, lo estético, lo lingüístico, lo gráfico, etc.
Ya van a saltar los fundamentalistas a decirme que muchos poetas escriben siempre sobre los mismos temas y más o menos con el mismo estilo (Juarroz como uno de los principales exponentes). Estamos de acuerdo, pero no del todo.
Tal vez me encuentre demasiado imbuido de una cierta mirada sobre la literatura sanjuanina, pero debo plantear aquí un doble riesgo que corre la poesía por estos días. Por un lado, existe una peligrosa cantidad de “escritores” y “poetas” que dedican su tiempo exclusivamente a la producción de obra, abandonando la reflexión estética, el debate, la lectura (teórica y literaria), el análisis, la crítica; escudados en que “escriben lo que sienten” (los más pacatos) o en que “el arte no se explica” (los snob-herméticos), o simplemente acostumbrados al ritmo impuesto por ciertos encuentros de escritores, donde hay 5 minutos por autor, 40 autores, felicitaciones automáticas, aplauso de foca y, con suerte, alguna charla interesante de trasnoche.
Por otro lado, existen criticólogos crónicos que se dedican a ejercer el tirabombismo impune (y muchas veces cobardemente anónimo). Estos especímenes también abundan: practican la bohemia desde la comodidad de su ropa, libros y tranquilidad compradas por papá y mamá; vapulean los espacios académicos a los que no son capaces de sobrevivir, o a los que no son capaces de interpelar de manera legítima por pura cobardía; todo lo que no se amolde a su nihilismo adolescente es tratado de “establishment”, mientras que su producción se reduce a unos cuantos versos incomprensibles salvo para dos o tres allegados, entre los cuales no falta el que halaga sin comprender, por no correr el riesgo de resultar descastado.

Entre estos dos polos, el oficio de la poesía se ve seriamente vulnerado, y pierde dos de sus factores troncales: auto-reflexión y comunicabilidad.

Y tal vez la escritura programática, tal como la entiendo (apenas) sea un punto de fuga posible para esta dicotomía: experimentar libremente, pero sobre la base del conocimiento y la claridad conceptual; componer un libro de poesía y no producir un amontonamiento de poemas; mantener vivo el debate, pero sustentarlo con una obra coherente con nuestros postulados; producir constantemente, pero prestando atención a cada paso dado; entender la estética y el estilo como procesos mutantes, poblados de capítulos que se cierran sobre sí mismos para dar lugar a otros más o menos distintos; pensar el oficio de la poesía no como una escritura “por deporte”, sino como el desarrollo de un cuerpo orgánico; ¡leernos! ¡Entablar el diálogo! Animarnos a ser una comunidad que se hace cargo de su tiempo y de su lugar en la historia de la poesía. Ser capaces de pararnos en la fisura, animarnos a no negar nuestro perfil delirante ni nuestro perfil seriote, ser burgueses bohemios, docentes anarquistas, poetas que desean tener un plasma de 50 pulgadas para ver el mundial.

Por eso la poesía es para mí una revolución cotidiana. Porque implica pararse frente a la vida de una manera específica, militando por el valor del lenguaje, por una mirada que permita observar el revés de las cosas, donde reside su cara más perversa. Creyendo en la omnipresencia de la poesía, buscándola en todas las voces, devolviéndole a la gente el derecho a ejercerla y a consumirla, pero planteando siempre las responsabilidades que es necesario asumir.

En la actualidad, corremos el peligro de convertir la poesía en un ejercicio de escribir para escritores. No existe UNA manera de ensayar una salida, pero es necesario que todos los que decidimos esgrimir la palabra como medio de conocimiento, de comunicación y de transformación del mundo, reflexionemos sobre cómo convertir poesía en acción, acción en vida misma.

viernes, 26 de marzo de 2010

de primera destilación




A veces, uno quisiera construirse una ciudad donde todas las caras fueran conocidas. O un barrio al menos, un barrio de casas de la infancia donde en cada puerta atienda un amigo, un pariente que se fue, una persona que no está.
A veces, cuesta mucho mirar hacia adelante y sentir el peso de saber que uno es un extraño para tanta gente, que nadie va a tocarte el hombro, o chiflarte, o llamarte por un nombre secreto que te trae a la boca años perdidos.
A veces, la globalización no alcanza, al menos por ahora, que las computadoras no me traen el olor del guardapolvo de mi señorita, o las manos lastimadas de mi nono, o los besos que nunca pude darle a tantas mujeres que conocí y que quise más o menos en secreto.


Todos están ahí, en el cielo, el infierno o algún territorio lejano. Poco importa. Porque están inevitablemente lejos, mucho más lejos que la muerte o un viaje en avión. 
Están lejos de una manera terrible y hermosa a la vez. Están la raíz de la memoria. 
Y a veces me gustaría tenerlos a mano, che. Pero no se puede. 
Y me acuerdo de mil caras, de toda una vida transcurrida agarrados como se agarran las cosas cuando somos chicos, como sintiendo que lo que no se ve se muere. Y me acuerdo de toda una vida separados, alejados en tiempo y espacio, porque tal vez la vida es solamente eso, alejarse.


Todos los lugares tienen algo de extraños, y uno siempre anda perdiéndose aunque sea por poco tiempo. 


Yo me miro las manos, y me refugio en la idea insuficiente de que estamos bien, de que fuimos, de que somos, de que recordamos. De que el tiempo pasa pero, a lo mejor, salgo hoy a trabajar, y cruzo la calle, agarro por la vereda de siempre, y te veo ahí, fumando, o escuchando música, o esperando el colectivo, sonriendo.